miércoles 25 de enero de 2012

El lugar de la vereda

Jugábamos al tenis con paletas de pino (la red era invisible, pero estaba a mitad de calle en una hilera de adoquines). En la vereda de enfrente papá se agachaba y contorneaba sus caderas para intimidar mi pelota amarilla. Sabía muy bien que yo solo le pegaba con la derecha; con la izquierda la pelota se zafaba de mi raqueta, y le pegaba al aire y él se reía, y yo. Yo también, a carcajadas. Gastaba más energía en todas las veces que la pelota iba a parar lejos porque no le pegaba o porque le pegaba con la raqueta de perfil y la pelota se iba a la esquina, que jugando al tenis con papá. O por la risa. Puede ser que la energía era mucha por la risa, por la risa y porque corría y hacía trabajar mis piernas más que mis brazos: el olor a lana quemada de la fábrica de enfrente me hacía estornudar, y achís y achís, y la pelota se me zafaba porque nunca supe resfriarme y mantener los ojos abiertos. Jugábamos, y sabíamos que era la hora del almuerzo porque Doña Blanquita estaba preparando salsas o guisos, y sabíamos que era la merienda porque Don Rubén tomaba el té asomado desde la ventana, o la cena, o la cena porque se hacía de noche y la pelota amarilla se perdía en el aire oscuro y yo corría más que nunca. Hubo tiempos en que el olor del aire era el olor a mozzarella y queso sardo de la fábrica de la vuelta. Hubo tiempos en que planificaba la vida en la escalera del colegio, con Valeria, en los recreos. Tiempos en que contábamos hasta diez o quince o veinte con María Fernanda, y espíabamos por debajo de nuestros brazos y los autos no pasaban casi por Quevedo porque no había centros comerciales (podíamos escondernos detrás de la rueda del citroen verde inglés estacionado para siempre del tío Raúl. Nos traíamos el chango (lleno) desde el Supermercado y comíamos pebetes de jamón y queso en la vereda. Y andaba Boli lamiéndole los pies a Liliana, rebuscándoselas con migas, y nos caía agua de la terraza, el agua viva con partículas de tierra que se escurría de las macetas. Descubrí así el olor a verde mojado.

Y andábamos sentados hablando de los veinte gatos que tenía Marina o del pelo corto falso de Noni, que se soltaba el frondoso rodete cada atardecer en la terraza, y el pelo largo le rozaba, blanco, la raya de la cola. Andábamos sentados, como andaba, con olor a albahaca y ajo, sobre mi pelo las manos de mamá. No hacía falta, no. No era necesario zambullirse para que sintiéramos que estábamos braceando. O haciendo la plancha sobre algún lugar de la vereda. El nombre de la tranquilidad era anónimo y la felicidad era no saber que la teníamos.

Gisela

martes 24 de enero de 2012

surreales

En un banco de fuego


trotábamos

como dos luciérnagas

como rinocerontes

como cualquiera

como nosotros.

Trotábamos y disparábamos

balas de acero inoxidable

para matar la angustia de la vida exterior.

Trotábamos como dos pájaros

como dos horneros

cocinándose en el yodo de la costa

y en la ribera del arroyo seco

de nuestras comisuras.



Regeneramos el galope

y trotamos;

esta vez

infinitos.
Ni se entero de la mueca, ni del temblequeo, ni del amor en el insomnio.
No supo del humo del cigarrillo que flameaba en el aire para encriptar mi silencio.
Solo espero que dieran las once y yo entrara blanca, con el arco iris en las cejas.

martes 3 de enero de 2012

Ser mujer

Debería titular “Ser”, pero lo para-textual no referiría. En el Registro Civil me dijeron que mis datos iban después de los de mi futuro marido, y tuve que llenar el formulario de vuelta. Analía me contó que su “superior” le dijo que no se molestara en buscar otro trabajo, que por la edad que tenía (y solo por eso) estaba “cuasi-embarazada”. Y el vecino del quinto le dijo estúpida a la novia una decena de veces, a los gritos, porque (parece ser) se olvidó de pagar el gas y había llegado el aviso de corte. A una mujer no se le permite estar primero, se la prejuzga y cercena por su capacidad de ser madre, y se la estigmatiza fácilmente cuando se olvida. Simplemente, y entre tantas otras cosas, la circunstancia tan hermosa de ser mujer sigue siendo, para muchos, el cofre de la debilidad. Estos varones y la burocracia que los acompaña, no todos, no todas, son fuertes solo a partir de la mujer que subestiman. Porque lo cierto es que yo también solicitaba el matrimonio, que Analía pueda concebir es una bendición, y que la vecina del quinto se haya olvidado de pagar una factura, un simple descuido. Grande es el descuido del que todavía no se da cuenta de que la campana no suena si no tiene badajo.
Que se existencie mi duelo


Por lo que he ganado

y una copa de cristal

me brinde por lo que he perdido.

Que ni lo uno de lo otro

Jamás se ha separado

Que lo de ayer y lo de ahora

Se han unido para no olvidarse.

lunes 2 de enero de 2012

Lo primero que pensé al despertarme fue en un botón rojo, redondo, con cuatro agujeritos, descosido de un sueño de la madrugada. Pero la memoria se brotó de retazos de tela y de madejas de hilo de todos los colores y apareció sigilosamente el recuerdo de aquel costurero de madera, corroído, que yo le robaba a mamá cuando era chica: me gustaba separar los botones según el grupo al que pertenecían y, aunque la finitud también estaba en toda esa cantidad, siempre encontraba uno que me asombraba, algún botón forrado, algún botón de los de antes, algún botón que tal vez se le había escapado a mi abuela de un batón estampado con margaritas. Un botón rojo que se le desprendió a mi abuela de su vestido, como a mí se me descosió ese botón rojo, redondo, con cuatro agujeritos de un sueño de la madrugada.

martes 6 de diciembre de 2011

diapositiva de una mañana en Buenos Aires

La gaseosa aún burbujea. El vaso está por la mitad y, en la botella, hay una medida. El mozo del Patio del Cabildo coloca una carta con las promociones para el almuerzo a un costado, en “mi” mesa. Enseguida, cuando abro el libro de Imbert, el mozo reaparece. Esta vez no lo veo: choca el cuchillo con el tenedor sobre la carta.

Una paloma estampada sobre una línea peatonal de la calle Bolívar. En su velorio, las ruedas ratifican la muerte sobre la muerte. La idea es enterrarla en el asfalto.

Un hombre vestido de romano con bolsas de consorcio escarba con las uñas sobre el poste del semáforo en Las Heras y Junín. Le ha encontrado un sentido a su vida: desprende uno a uno los folletos de publicidades adheridos y los arroja al cesto. La acera está caliente, supongo: a veces en la urbanidad el sol se queda pegado en las baldosas. El romano está descalzo: sus pies recubiertos por una capa negra, como hollín, como carbón: es un aislante. Abro el libro de Imbert ahora frente al shopping, sentada en un banco de plaza. Una mujer habla por celular. Grita por celular, se detiene: lo que urge, lo que viene con bronca, no puede ser dicho mientras se hace otra cosa. Se paró cerca de mí. A todo esto Imbert me decía que en la oralidad uno puede gesticular, en la escritura, no: es necesario plasmar la imagen que sugiera al lector el movimiento del personaje o del narrador. Es un universo imaginario, dice Imbert. Me llamó compulsivamente ayer desde las 10 de la noche hasta la una y media de la mañana, dice la señora que habla por celular, despejándose el pelo de la cara. Esta Navidad me toca a mí. Él ya estuvo el año pasado con la nena. Que hable con su abogado, agrega mirándose en la vidriera de una librería. Imbert no agrega en este capítulo.

En Las Heras y Junín el romano ya no está. En el poste hay trozos de publicidades que ya no publicitan: el romano ha rasgado lo suficiente como para que solo se lea algún número del número telefónico, alguna letra de una dirección de mail. La luz peatonal me habilita a cruzar. Me siento en el escalón de un edificio. Desde el colectivo, un hombre me mira. Bajo la cabeza: Imbert quiere decirme que un cuento es una farsa.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Ser éxodo.


Subirme a mi cuerpo,

acomodarme en la matriz de mi espíritu,

caminar sobre una alfombra de agua mineral.



Olas de océano. Salpicaduras de charco.

Lluvia en un paraguas roto.



Y encontrar la paz

en el olvido de lo que me falta.

viernes 11 de noviembre de 2011

Peregrinación

Cuando uno se quiere casar en una parroquia necesita el certificado de bautismo.


Necesita una constancia de que en tal o cual Iglesia y tal día la beba que se quiere casar fue recibida por Dios como su nueva hija.

Sin embargo, cuando uno/una va a buscar el certificado caminando, se suceden sensaciones y recuerdos que certifican la estadía en este mundo desde hace algunos cuantos años: el primer cajón del modular de mamá donde atesora fotos y partidas y certificados y papeles; la primera casa de una amiga de la infancia, la camioneta escolar que me llevaba al colegio, el camión de mudanzas del tío abuelo estacionado en la puerta de su casa (una puerta que solo Dios sabe cuánto tiempo no atravieso), y los perfumes de los árboles y las plantas en la calle Nueva York.

Ahí, sentada en las escalinatas de la Iglesia San Juan Bautista, esperé al Secretario. Ahí, al lado de la Virgen de Luján y de ese poema que la honra:

“[…] No me dejes, Madre mía.”, repetí para mis adentros y hasta cantando mientras volvía a casa con el certificado de bautismo.

Cuatro por tres

En el super había una promo: comprando cuatro gaseosas iguales, pagabas tres.


Al enterarse Alberto, fue a comprar unas cuantas: era el cumpleaños de su esposa.

Fue así que agarró tres packs de cuatro bebidas, igualitas todas, pero en la caja, al mirar el monitor advirtió que no le estaban aplicando el descuento.

—La promo es por cuatro gaseosas—le dijo la cajera.

— Y sí, le dijo Alberto, son tres series de cuatro gaseosas.

—No, señor, las gaseosas tienen que estar sueltas. Con el envoltorio de plástico, tengo que cobrarle cada unidad.

Alberto se sonrió. Con la navajita de su llavero sacó las gaseosas de los packs y le dijo:

—Listo, ahora sí, cobrame tres por cada cuatro.

Y la cajera apretó un botón, y una luz comenzó a titilar en el globo en el que se especificaba el número de caja.

Daño moral

Felicitas perdió el año. Quedó libre, como dicen.

Sucedió otros años, pero este tuvo un motivo singular: la Directora de un reconocido Instituto de Enseñanza le creyó a un grupo de estudiantes que murmuraban por los pasillos que en internet había un video en el que Felicitas le hacía cosas “chanchas” al miembro viril de un compañero, vestida con el uniforme reglamentario de la institución.

De manera que Felicitas comenzó a faltar. Todos la señalaban en el recreo, todos la estigmatizaron. Hasta (y sobre todo) la propia Señora Directora que fue demandada por los padres de la adolescente: tiempo después del rumor, cuando ya no podía detenerse la mentira que la Directora reprodujo como verdad, los padres de Felicitas le pidieron que les mostrase el popular video. Pero la Señora que “no, no sé, no lo vi nunca”. Sin embargo, la asistieron en la navegación virtual. Y ahí, en su “despacho”, con los padres de Felicitas, se enteró ella también. “Pero esta no es mi hija”, dijo el papá. “¿Ve que esta no es mi hija?”.

Y no. ¡No era Felicitas! Aunque en la audiencia, la Directora insistía con que, de todos modos, era una nena rebelde y revoltosa “porque es adoptada, nada que ver con los padres”.

Así se entendió todo. Felicitas se quedó libre por faltar al colegio aunque la única que acumuló faltas fue la Directora de la Institución Escolar.

Gisela

lunes 31 de octubre de 2011

Libertad interior

Solía, Bermúdez, robar vinos tintos de la bodega del supermercado. Robaba en invierno: con la campera negra que se había mandado a hacer no saltaba la alarma del código de seguridad de las botellas que se escondía en el amplio bolsillo, debajo del corazón. No era alcohólico. Era coleccionista. En su casa, había reservado una habitación sin ventanas para almacenar sus cosechas. Pero lo agarraron in fraganti. La tecnología le había ganado a aquella campera que, claro, la había hecho un sastre hacía cinco años. Lo cierto es que Bermúdez no se sentía triste en su celda: se imaginaba acomodando sus botellas y pensaba que el tiempo de descanso le serviría para pensar un modo de detener su cleptomanía sin dejar de coleccionar vinos tintos. Llegó a estar contentísimo. Desparramando alegría cuando se le ocurrió que al salir abriría un supermercado chino. ¿Bermúdez? No, chino no era. Bermúdez soñaba.

lunes 24 de octubre de 2011

el mundo

Afuera no es grande el mundo que tengo. Como a la vista, es mío por ahora. Y ni es mío quizás cuando me mude, o se tale el álamo, o se nuble el cielo, o hagan huelga en el San Martín y el tren no pase, ni me coquetee, silbando. Es rápido, sí, el que saltea Villa del Parque y estaciona directamente en Caseros.



Adentro, en cambio, hasta lo que no existe, los mundos míos, son mis escondites, mis posesiones inmobiliarias. Y hasta un jardín, un rosedal, y mi sonrisa. Una vieja máquina de escribir, y mis manos, sueltas de las reglas del arte de narrar bien en español. Una silla de mimbre. Una hamaca paraguaya. Un mantel estampado con mariposas. Adentro no perdí ninguna muela, no me duele la garganta, y la de juicio no se infecta. Adentro puedo ser artífice de mi dignidad. Y el artificio de un rol para los que le miran a mi cara los recreos de la belleza.


Entonces por la ventana ya no se asoma una constelación que se me escapa en la almohada. Ni los solitarios edificios de enfrente. Ni las luces encendidas en la cúpula de la iglesia. Ni el árbol que suelta pelusas y me hace estornudar.


Todo el mundo de adentro significa. Da sentido universal al pequeño mundito, contorno de mi espacio, voraz y efímero como el transcurso de un día.

sábado 15 de octubre de 2011

Por un dedo

— ¿A vos qué te parece, Antonito? ¿No me queda apretado? ¿Y si con el calor se me hincha el dedo? —preguntó al joyero extendiendo la mano.
—¿Sabés lo que pasa? Hace cincuenta pirulos que estoy en esto y todavía no entiendo el dedo de la mujer —le contestó formando una pinza con los dedos sobre el anular de ella —. Sí, tenés razón —reconoció enseguida cuando en el deslizamiento de esa pinza madura la alianza quedó atorada en el nudillo—. Vamos a agrandarlo un poco —dijo ahora, y se fue para su taller.
Mientras Antonito, en el fondo, adecuaba la cilindrada del anillo, ella erguida frente al mostrador se fue a su fondo también: era el primer hombre que conocía que en lugar de decir que no entendía en absoluto a las mujeres, dijo que lo único que no entendía de ella y de ellas era su dedo anular.
¡Un dedo!, ¡qué es un anular frente a tanta incomprensión de género!
Dirán que es perogrullada, cliché, frase hecha, preconcepto, chabacanería.

Pero no dirán “no” frente a lo que es.

Y es que el amor es germen de extravagancias.

Es fuente, iniciación, partida, umbral.

Arranque hacia lo insólito.

Ardor frente a lo que claudica, en la monótona existencia, siempre parecido, siempre igual.

El amor es fuego que produce fuego.

Es el gesto que habilita el resurgimiento de la capacidad de asombro.

¡¿Cómo sino entre los bulbos de mis fresias amarillas, en esa macetita tan diminuta, otras fresias le han pedido prestado el pigmento al tulipán morado, que ya no mora, y por esta primavera murió?!

¿El amor con que cada día mojo esa tierra y pulverizo con agua esas hojas y flores, y les hablo y las peino?

Se produjo lo insólito, lo que no pudo pasarme en todo el día aunque haya gastado plata en papelitos de colores, tacos y gaseosas, cigarrillos, sobres naranjas, papel higiénico y alfajores Jorgito.

Solo la prestancia con que uno se aferra a algo sin apropiárselo, soltándolo cada vez, puede ser el motivo por el cual hoy crecen en un lugar cuatro por cuatro unas fresias violetas entre unas cuantas amarillas.

miércoles 12 de octubre de 2011

contacto@editorialmagdala.com

Como colaboradora de la Revista Magda, revista digital que sale mensualmente, los invito a enviar sus trabajos literarios (poesías, relatos, textos breves, cuentos), críticas de arte (libros, películas, etc.) a contacto@editorialmagdala.com.
Va el enlace para acceder a la revista de septiembre:
http://www.editorialmagdala.com.ar/magda/septiembre/madga_septiembre.html

martes 11 de octubre de 2011

Dijo que estaba linda

—Estás linda, dijo.

Y hacía dos minutos que me había lavado la cara frente al espejo del baño de una repartición pública. No me había bañado (me quedé dormida esta mañana), me había peinado con los dedos, me había puesto unos harapos y el madrugón había dejado debajo de mis ojos dos hoyuelos poco saludables.
Ojerosa. Despeinada. Con la estima desestimada. A cara recién lavada frente a un espejo donde se desdeñaban mis casi treinta y cuatro.
Pero él no. Él no contó cuatros de noviembre. Me vio como me veía y me ve.
—Estás linda—había dicho—solo te falta un poco de pintura en los labios— agregó mi viejo después de contarme que se había tomado un café en el bodegón de la esquina para ser cliente e ir al baño.


Y horas más tarde, en la relajación de la clase de yoga, inspiré y expiré mocos por la nariz: “estás linda”, recordaba, y me agarró un resfrío de melancolías.

sábado 8 de octubre de 2011

El beso en el vidrio



Buscaba ella un expediente en los estantes, casilleros bajos, del otro lado de la mesa de entradas. De este lado, con un listado de carátulas de juicios, él decía que qué antipatía había en ese juzgado. En cuclillas, acuso recibo ella, y miró hacia arriba. Se levantó, y él le dijo que tenía un regalo: sacó del bolsillo del piloto un alfajor de chocolate, aplastado (el envoltorio había perdido la textura metalizada; apelmazado en los extremos, sugería que adentro, la capa de chocolate estaba desprendida de las galletas unidas por el dulce de leche). Así se lo dio. Sin escrúpulos se lo dio y quiso ella agradecerle, pero el vidrio. Las dos franjas de vidrio que, por seguridad, separa las caras de los que están de este y del otro lado de la mesa de entradas y que los han puesto en ese juzgado para que no se roben expedientes. Sacó ella entonces la mano por debajo de la segunda franja vidriosa y, con un “mucho gusto”, le agradeció el alfajor.
De este lado, me quedé pensando qué hubiera sido si ella hubiera podido darle un beso. Un beso en trompa, con ruido, a la mejilla húmeda de él.
Afuera llovía, una lluvia imprecisa, indecisa, que cambiaba de dirección.
Pronto se le borraría a él el roce de la mano cuando agarrara el paraguas.
Pronto a ella también cuando fuera al fondo y abriera ese expediente que fue a buscar en los estantes, del otro lado del muro donde dicen que está la justicia.

Gisela

lunes 3 de octubre de 2011

En el suelo de la plaza Manuel Mujica Laínez, las tareas se distribuyen: desde el banco más iluminado por el sol pueden verse; a la derecha una multitud de hormigas que llevan hojas y ramas pesadas; a la izquierda, otras tantas (y más) que están marchando por el camino entre adoquín y adoquín hacia el farol. Estas últimas van sin carga. Reclaman aumentos del plan trabajar a la presidencia de la nación de los insectos.

miércoles 28 de septiembre de 2011

MAGDA REVISTA LITERARIA (EDITORIAL MAGDALA) Página 8, mi nota de septiembre.

http://www.editorialmagdala.com.ar/magda/septiembre/madga_septiembre.html

sueño de siesta

Me esperaba mucha gente. En un salón. Y me iban acompañando y llevando personas que representaban los sentimientos. Estaba una mujer vestida de negro que se me pegaba a la falda y me decía “por acá no”, “no vayas por ahí”. Todo para ella significaba un peligro. Pero me dejaron sola. Y yo fui por un camino y crucé un puente y, al volver, no podía: habían cambiado la dirección de las tablas de madera por las que había pasado. De pronto, sola en un pequeño patio, macetas rotas, broches negros entre unas flores que, de lejos, me habían parecido mariposas. Y una planta de la que quería un gajito para llevármela a mi casa. Las regué, mientras los sentimientos se fueron a hacer las compras. Regué la planta que era rosa y, al acercármele, era negra y naranja, amarilla y naranja. Baldeé el patio con una manguera. Y espiaba: no quería que volvieran. No, al menos no, no por un buen tiempo, esa bruja vestida de negro que me decía a todo que yo no podía.

lunes 5 de septiembre de 2011

Mirada desde un banco de plaza tomando café sin agachar la cabeza

Lo lleva
un bastón que se entrelaza con su palma derecha,

cerrada como un puño.



Lo lleva

una correa roja de la mano izquierda:

una ovejita azabache que le olfatea los gemelos

y se le mete por entre el triángulo de sus piernas.



Como puede, lo llevan.

Él se deja, y cruza Barrientos.

GVM

martes 23 de agosto de 2011

TALLER DE ESCRITURA CREATIVA VÍA WEB O PERSONAL

Armé un plan de trabajo, con consignas disparadoras, para quienes quieran incursionar en el arte de la escritura o para quienes, ya zambullidos en su trampa consentida, desean estímulos para que la hoja no se quede en blanco. El plan de trabajo se puede modificar, de acuerdo con las inquietudes del escritor. Para más información escribir a abrazomariposa@yahoo.com.ar



Decía, quise decir, antes, no sé cómo saldrá ahora, que yo no soy de sufrir ni el verano ni el otoño ni la primavera y que este invierno he puesto toda mi voluntad antisufrimiento y, ya llegando a su fin (eso espero y deseo) he encontrado una solución: mientras hacía 10° yo me imaginaba sentada en posición de sastre hindú sobre un manto de pasto de una plaza con el termo, el mate, y un sándwich de salame y queso. Y resultó: me transpiraban las axilas, los pies (sentí cómo se trasladaba la humedad de la primera a la segunda media) y, desde las clavículas, caían dos gotitas que en la punta del triángulo, en el esternón, se hicieron una. ¡Vamos, carajo!, me dije. Al fin de cuentas, solo es cuestión de ser creativo. Imaginar un clima paralelo, y ya. Construirse un mundo cálido, y listo. Fush Fush a la violencia climática (y a todo tipo, y a todo tipo de violencia)



sábado 30 de julio de 2011

Busco, exploro, y busco el atajo

Donde las cinco sean las cinco a las diez y media

Y una margarita haga que te quedes

En el último pétalo

Abrazando la espera

La taquicardia de un corazón expandido

Tiembla

Que tiembla y retiembla en todo el cuerpo.



No creas que no intento.

Intento ser sola, en esta soledad asumida

Y cambio la hora, pero afuera es temprano

Y nadie me sostiene, sino más tarde,

Donde algo, nada, me alberga en tu ausencia desmedida



A las cinco, envuelta en un vestido

De media campana, mostacillas y corset.

martes 19 de julio de 2011

Vigilada


Trasladada hacia un extremo, la cortina naranja se mece por el hilo de viento que entra por la hendija de la ventana.

Sobre el vidrio, burbujas de hollín, secas.

El mate servido. La bombilla a un costado, tapada por la yerba mojada que se ha incrustado en los agujeritos.

Los vigilantes, largos, largos. Controlan diez. Dos ya me los he comido.

Hay olor a rosas. Aroma a rosas que expide el trapo rejilla. Olor a rosas, pasadas, que en la bolsa de basura exhalan sus últimos alientos, entre podridos y dulces, hacia la superficie.

La estufa eléctrica gira. Cruje cuando gira noventa grados hacia la derecha. Se detiene en el centro. Y cruje al girar hacia la izquierda, noventa grados. Diez segundos de crujido cada vez. El sweater rojo está tibio, pero húmedo todavía.

Frente a la televisión encendida, pero muda, escribo. Escribo mientras veo a una mujer que hace puchero y traga saliva para retener, frente a la conductora, y debajo de sus anteojos, unas lágrimas que se le van a la garganta. Se ríe. Aplaude y sonríe. Suspira. El televisor está apagado ahora. Estoy, lejana, sobre la pantalla gris.

Quedan nueve vigilantes. Tres me custodian desde adentro.

lunes 6 de junio de 2011

¿Qué puedo hacer si algo adentro de mí me lleva hacia donde quiere el cuerpo? ¿Qué si hacia donde quiere el cuerpo no hay globalización, sino globos; no hay plata, sino intercambio? ¿Qué hacer cuando se descubre qué hacer y concretarlo implica un no hacer para el resto todo? ¿Hacer? ¿Hacer ese hacer mientras se opera un otro hacer "hipocrizado"? Un ratito más. Jugar en un rol. Actuar la dicha aunque la sangre, como se dice, quiera salir para otros pagos. Hacer. ¡Con lo difícil que es descubrir qué hacer!

Merienda (semifinalista concurso Centro poético España)

Merienda


La taza sobre el plato

Yo, sobre el sillón.

Estuvimos besándonos

Hasta hace unos segundos.

Hace unos segundos, las dos tan llenas.

Y ahora nos enfrentamos

Casi nos odiamos

Porque somos espejos recíprocos

Y estamos vacías.


http://www.centropoetico.com/html/RESULTS23.ASP?VAR1=Merienda&var2=Gisela+Vanesa&var3=Mancuso&var4=anteriores

sábado 4 de junio de 2011

Daños y prejuicios Premio Accésit Colegio de Abogados Capital Federal

D@ños y pReju¡c¡os


“Me parece que vivo,

que estoy entre los ruidos,

que miro las paredes,

que estas manos son mías,

pero quizás me engañe

y paredes y manos

sólo sean recuerdos

de una vida pasada.

He dicho ‘me parece’.

Yo no aseguro nada”

“Escrúpulo”

en Persuasión de los días, Oliverio Girondo



El mismo colectivo que me lleva a Tribunales lo trajo a Alejandro hasta mí —desde 1995— para que se hiciera justicia. Desde 1995 hasta la vuelta de mi casa. Desde la casa de su infancia hasta el 24 de noviembre de 2010. La línea 24, interno 79, trae a las personas desde lejos, y te las deja a la vera de tus pies. Al ras de tus pestañas. Lo cierto es que también yo, a veces, cuando invento un feriado, y se me pasa el vencimiento de alguna presentación judicial espero que salga ese 24. Y claro, así es: me deja justito en la puerta del juzgado antes de las dos primeras horas del día anterior.

No vayan a pensar que el 24 es un colectivo que marcha para atrás. No. No. No. Si uno va para adelante, si uno quiere reparar, el colectivo avanza. Avanza y avanza, y te trae, desde 1995, como a mí, a un amigo, a un viejo amigo de la adolescencia. La línea 24, interno 79, cuando es la recorrida de Oliverio, te traslada al resplandor de un estrujón deshilvanado para que los brazos no se te queden extendidos. Y tomen la comunión, y se oficialice el sacramento del abrazo. Para que, en definitiva, los omóplatos sientan las palmas del otro, y los bombeos de cada pecho izquierdo se sindiquen para protestar frente a lo inconcluso (yo he hablado con Oliverio sobre la cuestión y él también tiene una vida irresuelta; por eso —y me pidió que no lo dijera salvo en ficciones—, en su recorrido, cuando el semáforo se pone en rojo, le escribe versos a María Luisa, una mujer que a juzgar por Espantapájaros “era una verdadera pluma […] una mujer etérea”. “Me hacés acordar a ella”, me dijo el otro día, apenas subí a su colectivo para que me llevara hasta mi padre a quien deseaba decirle que lo amo, y yo, me puse colorada, se me puso la piel de gallina, y las monedas transpiraban en la palma de mi mano. Algo así, algo así pendiente, era lo mío con Alejandro. Tan proporcional como lo de Oliverio con María Luisa. Tan lleno de plumas en la espalda.

Yo ya no recordaba el color de sus ojos. Ni su voz mediatizada por los nudos de su garganta. No recordaba sus dedos largos, ni que las teclas de su piano le tomaron las huellas dactilares hasta que se fue. Todo lo que conservaba de Alejandro era una intuición, una fotografía, y un libro, El aleph, de Jorge Luis Borges (a propósito, Jorge vino a casa en el interno 79 del 24 hace dos años; pero en el jardín del edificio en el que vivo los senderos se bifurcan y nosotros también nos bifurcamos). Como decía, una intuición, una foto, y El aleph que me regaló en 1995, el día de mi cumpleaños. Una intuición que partía de esas dos representaciones irreales del mundo. La fotografía, con pretensiones de reflejarnos, sonrientes, ingenuos y fantasiosos, en un boliche de Bariloche; una foto en la que aparecemos, como personajes, extendiendo las manos, entregándolo todo, al mundo, al devenir. Una fotografía que sí, en su ausencia me actualizaba algo de sus ojos, pero de unos ojos que ya no eran. Y yo, con los labios pintados de rojo, el cabello recogido, ni una cana, y el brillo en la mirada, el brillo de los sueños que solía soñar en aquellos años (el efecto rojizo que adquirieron mis ojos en la fotografía no pudo opacarme). Y ese libro. Ese libro que, para él, era un libro, y para mí una ratificación de mi existencia: Alejandro fue el fundador de una biblioteca que ni siquiera tenía por entonces y que se agigantó con los años, y ahora los módulos son cinco, seis, siete (en el octavo hay estantes libres); en definitiva, alquilo un departamento de dos ambientes, pero solo dispongo de uno. También se hizo concreto mi deseo de escribir: son cientos los papeles impresos con mis propias creaciones; los viejos, los de mi infancia, los de aquél 1995, amenazan con apolillarse grabados, como están, en cuadernos anillados y hojas número tres. Alejandro me había reconocido: él sabía que mi vocación no solo era la Justicia sino la de delatar las miserias humanas y vicisitudes de la vida y las propias inequidades en la polifonía de mis textos, en los mundos narrados por un narrador que yo manipulaba. Ya era una escritora, nunca lo admití ni lo admitiré (me va a faltar tiempo, siempre; siempre me va a faltar tiempo para aprender; confío, sin embargo, en Oliverio, y en su estadía en Buenos Aires —depende de que a María Luisa no se le ocurra volar e irse a otros pagos— y tengo la esperanza de que Oliverio no se jubile sino cuando yo ya no esté. ¿Y si, pronta a morir, le pido que me traslade? Ya veré: la muerte no suele mandarnos una carta documento para decirnos cuánto tiempo nos queda, y tampoco sé si quiero vivir adentro del interno 79, línea 24. Como les decía, entonces, aunque nunca confié en mí lo suficiente, sí sabía que Alejandro sería alguien muy grande: un ser humano inmenso, ávido de cultura. Porque nuestros meses de amistad, los últimos meses de 1995, el teléfono era ese aleph, ese agujero, esos agujeritos a través de los cuales yo veía (y escuchaba) al mundo. No recordaba su apellido, ni el color de sus ojos, ni el timbre de su voz, ni por qué aquella foto, aquella pose. Solo lo recordaba cada vez que abría el libro de Jorge, leía la dedicatoria, y se caía esa imagen, representación infiel de nuestro mundo, en la que estábamos juntos. Recordaba que hablábamos durante horas por teléfono, y que él escribía y yo escribía y nos leíamos los ojos y los cuentos y los poemas y las bocas. Y quince años después lo encontré en esa red social a la que tanta aversión le tuve desde su aparición porque, claro, ¿qué red social que funciona dentro de una máquina podía ser constitutiva de una relación real entre dos personas? ¿Qué red cibernética podía confirmar la naturaleza de ser social del hombre? Y, sin embargo, allí lo encontré después de quince años sin saber de él (nunca había olvidado el nombre de su escuela). Lo encontré después de que habían pasado quince años desde que se había despedido para irse a vivir muy lejos. Muy lejos. Y le escribí un mail, y las cosas de la vida y las intuiciones, y lo que tiene que ser y no ser: no solo me recordaba, sino que me proponía reencontrarnos en un próximo viaje de vacaciones a Buenos Aires.

El 24 lo trajo enterito y, si bien algunas canas él y yo, si bien algunas marcas en los contornos de los ojos, si bien los dientes menos blancos, cuando bajó del colectivo comprendí que el que había viajado era el Alejandro de 1995 y la que lo esperaba, sentadita en un cantero, la incipiente escritora que escribía versos cada vez que se enamoraba (y se enamoraba todos los días). Bajó del 24, interno 79, pero ya descendiendo la escalera me sacó una foto y, por esta magia de viajar en ese colectivo (una magia que te rodea como un aura y dura lo que uno puede mantenerla) cobró movimiento aquella otra imagen del 95, una imagen cinética. Y fue distinto. No mirábamos hacia una cámara, no. Nos mirábamos con los brazos extendidos, ahora hacia adelante, frente a frente, y el ciclo se cerró con un abrazo que todavía siento en la espalda y en los hombros, y que me sacó las contracturas, y me puso unas alitas invisibles que me hicieron recobrar la esperanza de mis 18, una esperanza que se me estaba perdiendo entre los miedos y la tristeza.

No he hallado todavía una explicación contundente acerca de este servicio adicional prestado por el colectivo. Sí he accedido a información, confidencial por ahora, que señala que en los países del Tercer Mundo, han puesto a prueba secretamente transportes públicos que cumplirían esta función: una sede secreta de la NASA radicada en Arequipa, Perú sería el lugar de las cumbres trimestrales que convocan a los investigadores, y a los operadores de las teorías de la retroactividad y de la resignificación elaboradas por aquellos. Sin embargo, he aprendido a eludir esa pretensión mía tan arraigada de encontrarle explicación a todas las cosas que suceden por extrañas que parezcan. Y me dedico a vivir nomás, que no es poco. Por eso, yo siempre espero que salga el 24, interno 79. Sale a las 9 hacia Avellaneda, vuelve a las 12:40 a Villa del Parque, y vuelve a salir 12:50. En total, Oliverio repite cuatro veces, ida y vuelta, el recorrido. El problema es que a la tarde cambian al chofer y no es lo mismo. El 24 interno 79 te lleva al pasado, al día anterior, o a la década anterior o al siglo anterior, si lo maneja Oliverio. Viajar con él es un placer: cuando es su turno el colectivo huele a jazmines y vainilla, y siempre el piso está húmedo, el colectivo recién bañadito. Esa limpieza y la aromaterapia son parte de la fórmula, del conjuro. Pero también importa quién es el pasajero. No a cualquiera lo traslada así sin más, desde un encuentro cuyos personajes no culminaron sus escenas, hasta el presente, para que puedan ensayarlas una y otra vez y darles un cierre. Y darles un cierre o no. O abrir un nuevo capítulo. Lo cierto es que el 24 me permitió rendir y aprobar una asignatura de la secundaria: la de abrazar fuerte para recobrar el aliento y mirar hacia el futuro.

Mientras con Alejandro nos adentrábamos en los campos de la Agronomía, después de haber visitado la casa de Julio Cortázar, en el Barrio Rawson —con Julio también me encontré, pero en un cuento, Maestro del interior—, Alejandro me decía que no sabía si alguna vez nos habíamos despedido: “No sé si lo soñé o sucedió, pero recuerdo que nos encontramos en una plazoleta, yo te regalaba un libro, y nos saludábamos. Vos te tenías que ir: estabas muy apurada”. Y lo cierto es que cualquiera puede soñarme apurada, y cualquiera pudo haberme visto apurada. El apuro de aquél tiempo me hizo esquivar momentos a los que el 24 no puede llevarme (como poder, puede llevarme, pero yo no quiero: si vivo viajando no vivo el hoy, y mañana le voy a pedir a Oliverio que me traslade al ayer, y así hasta mi finitud: siempre estaría perdiéndome una porción de vida nueva).

Estuvimos juntos con Alejandro durante más de seis horas, caminando con paso firme, sobre tierra húmeda, como si nuestras sonrisas se hubiesen instalado en la plantas de nuestros pies. Nos quedaron las gargantas secas, las espaldas conformes de tanto abrazo, y las remeras con un salpullido de bichitos que se nos habían pegado debajo de un árbol de la plaza; una árbol que tiene la particularidad de expedir gotas frescas de agua, y que, aun en épocas de altas temperaturas, te invita a sentarte debajo de él, con un libro, con un cuaderno, con el termo y el mate, en lugar de estar en casa con el artificial aire acondicionado que, a mí al menos, me hace estornudar y estornudar, y achís achís todo el día.

No recordaba el color de sus ojos, ni la textura de su piel. Ni sus dientes desparejos. Ni su altura. Ni sus pasos extensos. Siempre recordé, en cambio, que en 1995 papá no quería que él fuera mi novio porque era y es judío, y que su madre no quería que yo fuera su novia porque yo era católica. Hoy no sé si creo, desde luego que no practico: son las personas las que me interesan, y él el que me interesa. Me enamoré de la misma forma en que me había enamorado hacía quince años, aunque el amor, en aquél entonces, se había escondido debajo de la manta de los prejuicios, y asomaba un ojito por entre las sábanas, y se volvía a tapar. Me enamoré. Me enamoré de él, del de antes y del de ahora. Y del Alejandro que ama a su mujer (su anillo de casado es grueso, grueso: no tiene reparos en mostrar su condición). Y sí. Se fue. Ya se fue. Se volvió a Tel Aviv. Y yo me quedé en Buenos Aires, agnóstica e inmoral, releyendo los mandamientos. No amando a Dios por sobre todo. No santificando a nadie ni a nada. Me quedé con el deseo y deseando, deseando sin escrúpulos al hombre de mi prójimo. Y no hay esperanza: el 24 no cruza grandes charcos: apenas si logra sortear, forjando olas pequeñas, las inundaciones de Buenos Aires. Para itinerarios tan largos, tan de otros cielos u otras aguas, están los ojos: es de “entrada libre y gratuita” cerrarlos para revivir un recuerdo. Oliverio, en este sentido, tuvo mejor suerte: María Luisa reside volando en estos pagos. En otros casos, como el mío, el 24, interno 79, y Oliverio, te dan una oportunidad pero no sin poner en evidencia los prejuicios del pasado, y los daños; sobre todo los daños que acarrearon, consecuencia inmediata de una cultura esclava.

miércoles 1 de junio de 2011

A veces no creo. No creo ni en mí. A veces creo que la religión es de adentro para afuera, que no se dice, no se escribe. Se ejecuta, de adentro para afuera. No creo, sin duda, no creo, en el ser humano que no tiene cuota mínima de maldad y pecado. Como tampoco creo que nadie merezca ser llamado esencialmente malo. Creo que todos, sin duda, tenemos algo o mucho de bondad y afecto. A veces no creo, ni en mí, ni en la religión bajo cuyos postulados me bauticé. No creo a veces porque creo que a veces eso nos divide. Y entonces prefiero no creer en nada, y así puedo estar más cerca de cualquiera, desprejuiciado o prejuicioso. Sin embargo, cuando uno saca una fotografía sin flash en un lugar donde parece no haber llegado la solidaridad y el amor al prójimo, creo. Quiero creer. Como quiero creer que esta estela azul es un mensaje de Caacupé: "Quedate tranquila. Cuido de ellos. Cuido de vos también". Con esta creencia, creible o no, delirante o literaria, duermo más tranquila, y eso basta para que sea útil. Ahora sé que no soy la única responsable de mi protección. Sé que si estoy sola no soy sola necesariamente. A veces no creo. Y otras sí. Y mucho.
Gisela
Árbol nobiliario

La bisabuela le pegaba al abuelo. El abuelo negaba a papá. Papá la pateaba a mamá. Mamá me gritaba la puta que te parió. Yo así aprendí a jugar al dominó, y vivo muerta de miedo.
Surrealismo carcelario

Nadie, como ese gusanito que encontré un día entre las grietas del suelo, había logrado hacerme sentir acompañado. Supe después, por él mismo, que se había arrastrado desde la cocina donde llegó entre las hojas de un atado de acelga.
Saldo bélico


Se casaron, y él se fue a la guerra. Cuando volvió y, aunque María lo recibió efusivamente, la apartó de su camino, y empezó a buscarla por todos los recovecos de la casa. Y empezó a buscar los recovecos. Y empezó a buscar la casa.

viernes 29 de abril de 2011

Salsa con pollo, hierbas naturales (albahaca, perejil, romero, cebolla, cebolla de verdeo) Sal. Sin pimienta. El agua entre eructar y no eructar. Unos matarazzo clásicos cortados, crudos sobre un plato. Y un plato hondo, lindo, vacío por ahora. Ya sé, es temprano. Pero yo como cuando tengo hambre.

sábado 26 de marzo de 2011

·         LLegué: hacía frío (me quería ir).
        —No, no, señorita, la paso a buscar dentro de ocho horas.
          ¡Pero tengo frío! Tenía frío...
          Y tuve un poco, y un mate, y la aproximación al río, a las termas, a las montañas.

      — Señor, señor, páseme a buscar en el 2012.
      —No, no, señorita: me dijeron que la saque de acá porque va a desdibujar el paisaje con tanta fotografía.

      Me lo llevé igual (al paisaje): está en mi memoria.
· Hay otro cielo. Acá las nubes son como las que casi tocábamos, cuando éramos chicos, en las hojas canson de dibujo, donde pegábamos trozos de algodón.

martes 22 de marzo de 2011

El encargo


Encargar


al supermercado chino


detergente lavandina y


desodorante puf puf puf


aroma a flores de un bosque foráneo.






Al encargado del edificio


encargar


que cambie la lamparita


setenta kilowatts


del séptimo.






Encargar al panadero


una de esas pelusas rechonchitas


que a veces se nos atraviesan


y que se llaman como el panadero.


Además


tres flautitas pan francés porteño


medio de miñones y


una rosca de Pascua


para festejar la Resurrección


de mi energía. De mí en mí.


De mí y de yo.


(y de la repercusión de mí en los que amo)






Encargar al supermercado


de nombre estadounidense


que mande ticket sin Iva


que yo no voy


ni vengo


y soy responsable monotributista


autónoma en un monoambiente


y con los monocitos necesarios


como para estar exenta de tributarle


a la enfermedad


(a la del beso o a cualquier otra)






Encargar.


“Encargá un hijo”, me dijo una clienta.


“Aprovechen las vacaciones para encargar”.






(Nosotros siempre fuimos


—extremadamente —


responsables:


no tarjeteamos


y encargamos


cuando nos queda un vuelto).






Gisela Vanesa Mancuso



Inspirar otro aire, menos húmedo. Escuchar la voz desde un aliento más calmo, menos "hollinado", montañés, y no por eso ignorante. Es mejor, a veces, contactarse con lo que se dice poco porteño, con poca calle Corrientes, para darse cuenta de que la cima no está en el cielo de Buenos Aires (ni en ningún otro lado). Solo hay, entonces, dunas, dunitas, mesetas. Montañitas de arena, que a veces las disuelve el viento huracanado de la existencia, y otras las engrandece una brisa cálida de una mañana de noviembre. En marzo.

sábado 19 de marzo de 2011


Encuentro en el acto de la creación, el nacimiento de un amanecer en mis manos y, al terminar, un ocaso que no revela sino la víspera de una nueva gestación: mis hijos son los que vendrán y, en tanto, son mis cuentos, mis novelas, mis poesías y mis jabones. Y también la contemplación de las cáscaras de límón y naranja que, casi casi casi imperceptiblemente, se destiñen sumergidas en el alcohol. Y en ese juego a veces doloroso y amoroso de mezclas de esencias con etílico o de cereales o pétalos de rosas o canela se desprende de mi interior el alquitrán que se pegó en y con los años. Ahora después queda solo perfume, gusto a limoncello: las manos percutidas, pero perfumadas, como las de papá.

domingo 20 de febrero de 2011


Cuando era chica y el ambiente en el que estaba era oscuro y contaminado, a pesar del agua potable y de las plantas, yo me escapaba, aun con el almuerzo, a la florería de la vuelta de casa: ahí la vida tenía colores y las flores se intercalaban unas con otras y se superponían y dejaban de estar solas. Gabriel armaba ramos de novia, ramos de solteras y solas, ramos de divorciadas y separadas. Pero no se daba cuenta de que, a su través, le armaba un nuevo punto de vista a mis ojos, a mi mirada, esa que vuelve ahora, con el recuerdo pero en el acto. Con la elección de repetición a partir de la memoria.

jueves 17 de febrero de 2011

urticarias

Mención por creatividad Concurso Homenaje a Maruxa Boga en el día de la mujer 2011



Me pica la sangre de

la vena extraviada

nívea bajo las sábanas

textura piel de braille

de gallina. De Gallo.

De gallito ciego.

De epidermis sin mis.

De epider. De epi.



Me pica la voz estentórea

atascada por un piquete

de palabras malas y nombres apócrifos.



Me pica la planta oreja de conejo

y el dedo gordo de la raíz

y el callo en el juanete de mi abuela.



Me pican, respectivamente,

los parásitos

y la lombriz socializante

que tengo en la cola de novia

y en la panza de embarazos de otros ombligos.



Me pica el parto, el reparto,

el par, el reto, parar. Me pica parar

y me pica, sobre mis yantas, me pica

el parquímetro vencido

de un amor mal estacionado.

 

El lector intransigente

A veces los labios son como libros y la boca interlocutora una lectora ávida del movimiento pausado

Mientras esperaba el tren en la estación Villa del Parque, sentada sobre un banco de cemento, de esos curvados en los que la cola encaja justito, le hablaba del clima, del tren que no venía, del tren que había perdido, del encendedor que siempre me olvido en casa, del corte de la barrera, de que ya viene, ya viene el de este lado. Le hablaba al chico que estaba sentado a mi lado, y le hablaba y le hablé más de diez minutos; él, pantomima. Me ofreció un encendedor cuando me vio escarbar en mi cartera, asentía con la cabeza, miraba para otro lado. ¡Y yo que pensaba que era antipático porque no me respondía! Al ver mi recurrente movimiento de labios (mi verborragia chaplinezca), me dijo que había sido diskjokey durante más de quince años y que no me molestara en hablarle, que no escuchaba, que se había quedado sordo. Y yo le seguí hablando (yo me había quedado habladora), pero más lento, haciendo danzar a mis labios al ritmo de una sonata. De Claro de luna. Nos perdimos de vista al subir al tren. Pero cuando bajé en Palermo, y me metí en la boca del subte, estaba él, enseñándome otra forma de comunicación: me tocó el hombro, me mostró su carnet, y me dijo que lo siguiera así no pagaba boleto. Yo lo seguí (estaba con lo justo). Lo seguí y fue injusto que le haya dicho muchas veces gracias cuando ya estaba de espaldas, bajando las escaleras, perdiéndose entre la miríada de gente acelerada.

miércoles 16 de febrero de 2011

Pensaba...

En la transformación. En que aunque tanto insista uno (la sociedad estética elitista) con lo maravilloso que es tener los ojos claros; en verdad lo que uno desea es ver con claridad. Lo que yo deseo es que los seres hermosos que están por nacer nazcan con los ojos del color que les toque, pero tengan la mirada dirigida: focalizada en las pequeñas grandes cosas y también alerta frente a las que parecen grandes y monstruosas que, a no negar, abundan en el mundo, pero se sortean, asomándose por entre las sábanas sin esconderse del cuco. De ese cuco que no existe si uno cree de chico de grande y de grande de chico que en uno hay magia. Siempre. Solayada o asomada. Pero hay. Hay. Hay. Hay. Te esperamos.



Te esperamos

domingo 13 de febrero de 2011

Otra vez, otro arte inspira al mío.

No sé cómo hizo. El dedo de este hombre es más veloz que el latido del corazón de un colibrí. Los tiempos ansiosos, acelerados del aleteo, no han podido con ese dedo, ese dedo que no por carnoso, y solo, se priva de las alas. De las alas de los ojos que se sincronizan con su falange.

La foto de Martín Pedros.

viernes 11 de febrero de 2011

Alerta

Cuadro Ramón Cárdenas


Angina roja. Alerta roja. Angina. Tos. Mocos. Alerta: ¿te has olvidado de decir denunciar defenderte gritarle bien fuerte a alguien? Platos. Romper platos previene las caries. Las anginas. Los resfríos. Y la violencia familiar. Angina. Simplemente una angina que ya tiene un virus reemplazante: el grito. Estaré en reposo después de tanto decir y hablar y gritar. Alerta: piquete en mi garganta.  Gisela

miércoles 2 de febrero de 2011

Me construí un cielo cercano. Un cielo que yo pueda tocar. Algodón manipulado como cuando lo pegaba en hojas canson número cinco. Una toalla celeste arrugadita. Estrellas. Estrellas de anís, qué lindo aroma expiden las estrellas. Y finalmente unos imanes que, en la heladera, adornan, y sobre la toalla agregan, conforman. Un cielo al alcance de la mano. Tocar el cielo con las manos. Un cliché que se dice pero que, si se concreta, deja de serlo. ¿no?

martes 1 de febrero de 2011

La foto de Martín Pedros

Sobre la foto Balvanera de Martín Pedros.

Martín Pedros
"Es el caos que a veces se siente adentro: arterias congestionadas, venas que se cruzan y se esconden, las líneas de las palmas de las manos: yo no sé vos, pero no he elegido cuál seguir de todas ellas todavía. Ni sé, como en la foto, hacia dónde me llevan. Riesgo. Siempre el riesgo. Y Balvanera y su tránsito es un poco el símbolo de la inseguridad social, de la incertidumbre más plena, del no sé, del laberinto con salidas con puertas blindadas cerradas con una llave que quién sabe qué revolución la tendrá." Gisela

lunes 31 de enero de 2011

Ayer fui al chino porque hoy quería tomar café con leche. Ya en el colectivo se me presentaba clara la taza, el deambular indiviso del humo, el olor a café, y el cacharro con la leche que siempre, ¡carajo! se me rebalsa. Y no, a minutos de cortar el café, lo que parecía leche se hizo ricota. Y se la llevé al chino y le dije al oído el problemita de mi merienda, y él me dijo que agarre otra, entera o descremada, y que la ricota la pusiera igualmente a la venta, en la heladera, cerrada con una gomita verde que yo misma le puse.







.

fragmento

“Tanteo a mi alrededor. Reconozco en la textura la funda estampada con hojas negras y rayas rojas. Hundo mi mano en la almohada y, en un arrebato, la abrazo y la estrujo sobre mi cuerpo para que sobre su espesor apoye su cabeza mi esperanza. Antonio no está. No está en la cama, acostado boca abajo, con su cola redonda y peluda, tibio, siempre tibio como los azulejos que bordean la cocina. Se está afeitando: puedo oír el repiquetear de su maquinita sobre el lavatorio y el estruendo del chorro de agua que se amortigua. Casi no he dormido. Y todavía no he abierto los ojos: ralentizo el acto cuando el miedo a la construcción de un día con sentido es tan extremo que me duelen los recuerdos, el pasado burbujea entre mis pensamientos y las puntadas en la cabeza son como el clavado de cada letra de una máquina de escribir. Imagino lo que siente un papel. Y duele.” Fragmento Protegido por Ley 11.723

jueves 27 de enero de 2011



“El que quiere a las plantas, se quiere a sí mismo”, dijo José, y me contó acerca de la frondosidad de su estrella federal a partir de la que, en mis manos trémulas, y en una pequeña maceta, se interponía entre nuestras caras. La había comprado en el vivero de Cuenca y Nogoyá, no tanto porque dicen que es la planta de la suerte, como porque yo ya tenía esa suerte de haberme asombrado al verla. Solita. Detrás de las alegrías de hogar, con sus hojas rojas, su liviandad, su ser desde esas raíces que seguramente se han extendido y han fundido las partículas de tierra en un solo bloque. La pasaré a una maceta gigante como hizo José, que la trasplantó en su jardín. Quiero que sea grande para que, en su crecimiento, también crezca ese amor a mí y hacia los otros. “El que cuida a las plantas, se cuida a sí mismo”, amplió José, casi repitiendo su primera sentencia. Casi. Pero no.

viernes 17 de diciembre de 2010

Si la escritura me lava los acolchados cuando festejo la primavera



Si escribir acompaña el devenir de los bulbos de las dalias del lazo de amor de los malvones


Si el arte desprende uno a uno los gajos de esta mandarina con jugo de dolor


Si la escritura me desenvuelve de los embozos que me deshumanizan


Si por escribir consigo abrazos en las góndolas del supermercado chino


Si escribiendo me desperezo de todas las noches que estuve en vela


Si el acto de la escritura es mi acto de la existencia


Y si en ella me realizo y por ella pertenezco a la baldosa que no está floja


Si la escritura le devuelve el calcio a mis dientes, y a mi alegría, y a mi hogar


Si escribir es lo único que no cesa en mis manos


Y convierte en olvido el anillo que me falta


¿Por qué detener el ritmo, por qué no amanecer cada día


con la esperanza de vivir por ella?


¿Por qué privarme de cadencias, de versos, de narraciones


si la escritura me ha salvado de ser un personaje?


Si la escritura me enjabona el cuerpo y me llena de espuma


Si este arte me integra a la sociedad diversa que yo integro


¿Por qué no dejar que sea el caballo que arrastre mi carruaje?


Por qué no confiar que ella es la calabaza que le da gusto a mi puré


Por qué no confiar si por su prestancia


tantas veces pude haber claudicado y ella no quiso.