miércoles 25 de enero de 2012

El lugar de la vereda

Jugábamos al tenis con paletas de pino (la red era invisible, pero estaba a mitad de calle en una hilera de adoquines). En la vereda de enfrente papá se agachaba y contorneaba sus caderas para intimidar mi pelota amarilla. Sabía muy bien que yo solo le pegaba con la derecha; con la izquierda la pelota se zafaba de mi raqueta, y le pegaba al aire y él se reía, y yo. Yo también, a carcajadas. Gastaba más energía en todas las veces que la pelota iba a parar lejos porque no le pegaba o porque le pegaba con la raqueta de perfil y la pelota se iba a la esquina, que jugando al tenis con papá. O por la risa. Puede ser que la energía era mucha por la risa, por la risa y porque corría y hacía trabajar mis piernas más que mis brazos: el olor a lana quemada de la fábrica de enfrente me hacía estornudar, y achís y achís, y la pelota se me zafaba porque nunca supe resfriarme y mantener los ojos abiertos. Jugábamos, y sabíamos que era la hora del almuerzo porque Doña Blanquita estaba preparando salsas o guisos, y sabíamos que era la merienda porque Don Rubén tomaba el té asomado desde la ventana, o la cena, o la cena porque se hacía de noche y la pelota amarilla se perdía en el aire oscuro y yo corría más que nunca. Hubo tiempos en que el olor del aire era el olor a mozzarella y queso sardo de la fábrica de la vuelta. Hubo tiempos en que planificaba la vida en la escalera del colegio, con Valeria, en los recreos. Tiempos en que contábamos hasta diez o quince o veinte con María Fernanda, y espíabamos por debajo de nuestros brazos y los autos no pasaban casi por Quevedo porque no había centros comerciales (podíamos escondernos detrás de la rueda del citroen verde inglés estacionado para siempre del tío Raúl. Nos traíamos el chango (lleno) desde el Supermercado y comíamos pebetes de jamón y queso en la vereda. Y andaba Boli lamiéndole los pies a Liliana, rebuscándoselas con migas, y nos caía agua de la terraza, el agua viva con partículas de tierra que se escurría de las macetas. Descubrí así el olor a verde mojado.

Y andábamos sentados hablando de los veinte gatos que tenía Marina o del pelo corto falso de Noni, que se soltaba el frondoso rodete cada atardecer en la terraza, y el pelo largo le rozaba, blanco, la raya de la cola. Andábamos sentados, como andaba, con olor a albahaca y ajo, sobre mi pelo las manos de mamá. No hacía falta, no. No era necesario zambullirse para que sintiéramos que estábamos braceando. O haciendo la plancha sobre algún lugar de la vereda. El nombre de la tranquilidad era anónimo y la felicidad era no saber que la teníamos.

Gisela