En un banco de fuego
trotábamos
como dos luciérnagas
como rinocerontes
como cualquiera
como nosotros.
Trotábamos y disparábamos
balas de acero inoxidable
para matar la angustia de la vida exterior.
Trotábamos como dos pájaros
como dos horneros
cocinándose en el yodo de la costa
y en la ribera del arroyo seco
de nuestras comisuras.
Regeneramos el galope
y trotamos;
esta vez
infinitos.
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